Sea. Demos a la entropía lo que le pertenece. Como si antes no lo hubiéramos sabido, como si no lo supiéramos desde siempre. Otorguemos al desorden originario... ¡ah pero no! Confundía los términos del contrato. Lo del origen no era un caos de. Mundo artificial. Ni en origen ni al final. ¡Cómo discutirlo! Cómo podríamos discutir nada de todo cuanto debemos discutir, si el argumento esgrimido es el mismo siempre: cuestión de fe. Justifico cuanto quieras, lo que sea necesario justificar. La fe -no sólo religiosa, también política, filosófica, incluso literaria-; la fe no mueve montañas: lo que pasa es que las niega y punto.
La realidad del átomo frente a la irrealidad de la Idea (admitamos que giramos en torno a un absurdo eje cuyo gasto energético se pierde en entretenimiento y diversión, sólo posible gracias a la certidumbre cuanto más simple y pueril mejor), es lo único de que disponemos para evitar las gélidas ráfagas de la entropía, y aun sus corrientes abrasivas. Dice la voz que leo que espera el final sin convicción, sólo comprometido con la responsabilidad legal de dejar sus papeles en regla, que nuestros herederos queden en la mejor posición posible (debe estar estipulado en el contrato genético, o tal vez deberíamos de empezar a creer -con fe- en una especie de infierno del adeene donde van a parar todos los que han desaparecido del teatro vital sin dejar descendencia o por la puerta falsa: suicidas y vírgenes lxs primerxs); pero también dice esa voz que basta ya de pelear sobre un campo de batalla de pacotilla. Y razón no le falta, porque llevo muchos años en esto y ya sé -bajo intuición extrema pelín arriesgada- que los excesos son cosa de inadaptados, enfermos mentales carne de tratamiento agresivo, débiles de sesera que son incapaces de soportar la injusticia del dominio de la ignorancia sin mesarse los cabellos con fruición dolosa. ¡Cuánta liberación en la escritura afín! ¡Cuánta libertad en estas páginas!
La libertad se hace, no lo olviden. Y Gaddis se ha hecho libre, aunque nunca pueda destrozar con sus manos tanta pianola embrutecedora.
Principalmente libre por obra y gracia -y fe- de -en- la literatura. Otra vez el idealismo... No. Tengamos un poco de fe. La literatura de Gaddis responde más al átomo de Lucrecio que a la mixtificación de Homero. ¿No se nota? Gaddis es pura materia, átomos y vacío y un clinamen burbujeante. Y si es libre en su escritura, liberado al fin, es porque la literatura de Gaddis (perdónenme el chiste fácil) no busca reconocimientos: no los de la sociedad lotófaga cropófaga caníbal: Gaddis sabe que su momento llegará después de su muerte, como es debido a los inmortales.
Un torbellino... No es que este ágape deje a los títeres sin cabeza: es que la quita con suavidad, estudia su envoltorio, analiza su contenido exhaustivamente anotando toda observación y luego, después de haber consultado en milenarios infolios las dudas que surgen de su investigación, la vuelve a colocar en su sitio, concluida la labor desacralizante. Gaddis arroja sus dardos contra la vulgarización de la cultura, contra la élite que la posibilita, contra la falsificación, la imitación, la adoración de la Idea platónica (¿cómo mantener la luz sobre su papel, sus privilegios en peligro, mediante un movimiento natural? Gaddis es ambiguo, no termina de negar el idealismo, no se decanta). Pero sobre todo nos enseña a escribir para el futuro, bajo sencilla fórmula -única dificultad: la crianza de sutiles átomos literarios-: cientos de apuntes para un tratado, cuatro libros sobre la mesa leídos a ráfagas, un problema puntual vulgar mundano sin resolver y todo el deseo del mundo, un deseo incumplido, deseo insatisfecho, voraz.
William Gaddis
Ágape se paga
trad. Miguel Martínez-Lage
Sexto Piso, 2008
Fue Joan Flores Constans quien me mostró esta joya:


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