Yann Andrés Steiner / Marguerite Duras

Es la poesía que subyace en la imagen, donde los ojos de la serena espera se reflejan en el espejo de la frenética ausencia; una historia largamente silenciada y, por no contada, tan enigmática se hizo en los atardeceres aquellos... ¿cómo hubiera podido resistirme a la voz pausada que llega junto a mi oído la instantánea de un relato que lentamente voy dibujando en la memoria? porque en la memoria mía lo tengo escrito desde hace tanto tiempo, cuéntame Marguerite apenas una palabra tuya que yo evoco el resto desde esta cima envarada aquí donde nadie puede vernos ni escucharnos ni sentirnos ni estar, ni ser nadie sólo nosotros. Sí: a veces somos demasiado nuestros para estar en el mundo; a veces sólo.






Y ella contaba aquella historia
la que se va ocultando en los fotogramas de otra
historia inventada sobre la misma escena
de trazos cortos y tomas fijas
y acá otra: el mar, la playa, una colina, cierto matorral.

Todos los finales del verano son como todas las islas habitadas por animales fantásticos,
y como todas las estaciones donde alguien aguarda sin saber si su paciencia es fidelidad o impostura,
y como todas las casas abandonadas precipitadamente por la vida que un día había entrado por la puerta y ayer mismo (créeme) terminó de huir por la ventana: a veces me siento en el sofá y contemplo frente a mí la cocina por el hueco abierto y cierro los ojos para hacerme creer que lo que ante mí está ya no existe
y cuando los abras, Marguerite, serán otras imágenes las que ante ti se desinflan así tan lentamente que parecen estáticas pero
es como el cielo en calma,
la vida,
que se mueve sin que nos demos cuenta. Y al abrir los ojos ahí
sigue la cocina, pero ya no es la misma.

Creí que iba a encontrar mayor nostalgia en esta prosa exquisita, deliciosamente caótica y anárquica con que Duras regaló nuestros atardeceres sobre la roca ante el infinito, pero no es tanto el sentimiento devorador y sí mucha la vitalidad que se derrama en la contemplación, en el efecto/causa de esa contemplación de lo ya esfumado. Entonces ¿será posible que sus manos todavía han apretado ficticiamente un bolígrafo para danzar sobre lo blanco y prender los días -ya minutos- que se escapaban?, y todo por confiar en la caricia de la literatura, que es aún más suave honda dulce grata y perenne que ninguna otra de ningún otro sentido; entonces pudo alargar hasta el último suspiro su deseo de amar y su afán por convertir cada instante de amor en una historia soñada, un párrafo descolgado, una frase sin ordenar, una palabra deletreada con estremecido rubor del primer beso. Miren su sonrisa y juzguen; yo creo que así fue.

En estos postreros tiempos en que ignoramos cómo acatar la realidad tan hostil o insulsa que nos amenaza, y ahora que bajo los hilos enredados yo creo poder tejer la inmortalidad del mundo por el que tanto lamentaba una vez la inexistencia de lo eterno,
la escritura caprichosa de Marguerite Duras es más necesaria,
pues se antoja -también- imperturbable al acontecer huraño y cruento del siglo.
Hace poco buscaba en Celan las cortinas sobre el vano hacia la abyecta pared insufrible, donde las pantallas dejaron mancha de limpieza por voluntad del espectador costreñido;
pero la poesía de Celan aún se me escapa
como una flecha que lanzada por Odiseo atraviesa las frentes greñudas y se clava en el rencoroso plantel de nuestra civilización violenta.
Ahora prefiero esperar aquella voz y escuchar ésta más cercana.
Supongo que al final tendremos la misma imperceptible inquietud que tiene la escritura de cualquier mano palpitante ante la vida
ante la muerte:
¿habrá algo más o
todo queda detenido en las cenizas?



Yann Andréa Steiner
Marguerite Duras
trad. Manuel de Lope
introd. Ana María Moix
Círculo de Lectores, 1994