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Simulación de continuidad
El que llevaba un sombrero de fieltro se
dio la vuelta después de depositar sobre la visera de la gorra
del otro aquel tan persuasivo objeto con el cual esperaba seducir a su rival en la
simulación de continuidad con la cual sustituyó el apremio. ¿Convencerme de qué?, se preguntaba el otro intuyendo o más bien visualizando diáfano el intento. Los esfuerzos del del sombrero de fieltro por conservar cierto orden fueron en vano, ya que no era el clima ni la incultura ni un plan preconcebido -diabólicamente en laboratorio intrigante- lo que le guiaba: era ora el cambio constante, ora la discontinuidad de la ausencia.
De la literatura, como de cualquier otra manifestación humana artística o práctica, se deriva y deduce y conforma un punto de vista sobre nuestra naturaleza, la naturaleza humana que existe, que no es una mentira metafísica, que no ha sido forjada en el crisol de los engaños -créanme: toda teoría conspiratoria es falsa, pincha sobre hueso; el problema de este planeta no son las malévolas maquinaciones maquiavélicas de los poderosos, sino su congénita hereditaria endémica incapacidad para organizarnos con racionalidad y sentimiento, esto es su ineptitud para el mando-; la naturaleza humana será naturaleza variable, cambiante, vacía incluso: pero es un recipiente sólido donde siempre se depositan los sedimentos de lo pretérito y las semillas fértiles de lo porvenir.
La publicidad engañosa muestra su particular visión de nuestros deseos y de nuestras inquietudes, de la misma manera que lo hace una obra cumbre del barroco: impresionar al ser superior omnímodo absolutamente harto improbable. ¿Qué somos?, dijo... y al hilo de, el resto de preguntas sobre el dónde y el cómo y el cuándo; debemos contestar al interrogante casi con periodicidad diaria, puesto que estamos sujetos al cambio, fluímos, perdemos y ganamos de continuo. Pasó un año y otra vez nos vemos cambiar en la perenne apariencia, y es previsible que por dentro seamos los mismos; pero no es así: si pudiéramos vernos constantemente (y podemos, porque lo que el día a día nos aplaza tarde a tarde, la literatura nos lo provee sin descanso), como nos contemplamos a nosotros mismos cada mañana o al anochecer, comprenderíamos que tras esa apariencia tan similar a la conocida, en nosotros y en el otro también, operaron decenas de cambios que nos transforman en un desconocido que bien conocemos. (Voy a reprocharme, como harán algunos, que hay personas que no cambian en absoluto ni sufren mutaciones ni varía su ser interior más allá de lo que puede ser transformado por reverberancia natural producto del tiempoespacio. Bien: objetaré al reproche que esas personas que parece que no portan en sí lo humano, sino inalterable esencia, son sólo un bucle orgánico que constantemente repite la misma secuencia genética; lo humano es cambio: cultura civilización barbarie, lo demuestran).
Buscar la realidad última/íntima del ser humano ¿es liberarlo de sus ataduras genéticas, instintivas, fisiológicas, ideológicas, volitivas y emocionales; alejarlo del rol impuesto por cualesquiera fuentes de contenido? ¿o por el contrario, es condenarlo a la discontinuidad? La discontinuidad impera porque su opuesto se ausenta cada amanecer y sólo regresa al cesar la jornada; la continuidad, aunque pretenda conocerla el del sombrero de fieltro, es un grabado de zinc, frágil matriz de limitadas copias.
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