Ayer nos decía el
cuentero Héctor Urién -bajo la
acogedora mirada de su compañera Maísa Marbán- que el punto
culminante de una narración (sea oral como la de ellos, o escrita o
soñada) es cuando se alcanza la mitad de la situación cenit del
relato, y que es en este momento cumbre cuando el público (o lxs
lectorxs) tiene la necesidad ineludible de saber qué va a pasar, de continuar escuchando o leyendo: una
burbuja de curiosidad o tensión o afecto les crece ahí dentro y
suspende su atención, y entonces ya nada importa tanto como conocer
lo que viene después; así, nos dijo Héctor, es como Sherezade (o
como quiera nuestra inmortal cábala literaria llamarla) logró
mantenerse con vida frente al misógino sultán, y así logró
también salvar las vidas de sus compañeras y ¡prodigio del
lenguaje! así es como se construyó la madre obra maestra de todas
las antologías de cuentos que jamás se hayan o vayan a escribir.
Pero la suspensión de ese mágico momento es algo más que un
reflejo simbiótico de la relación, comunicación, comunión, entre
el narrador/orador/escritor y su público lector o escuchante. Afirma
José Ángel Valente en su estremecedora “La
narración como supervivencia”, compilada en La
experiencia abisal, que Sherezade es, después de Penélope, la
hilandera suprema de entre los mortales (obviamos a las parcas y sus
cruentas tijeras), capaz de mantener el hilo narrativo durante esas
mil y una noches, insuperable velada, incansable durante casi tres años suficiente
periodo para que el más ducho de los déspotas pierda los papeles de
sus infames mentirosas falsas proezas a vuela pluma de escribanos
linfáticos. Ese hilo que -redundancia única- hila la contadora, es
el hilo de su vida, como el hilo de la narración que cada mañana
(re)iniciamos es el de la nuestra; nuestra vida pende de un hilo;
pero no de aquel amenazado por el brillo de tijeras del ruin gestor
de lo público (sable más afilado no se oyó en el último milenio),
sino del que arácnides laboriosas generamos desde nuestro interior
para poblar con cientos de colores y sugestivas formas el telar
interminable de nuestras vidas: Sherezades o Penélopes somos, si
queremos.
La intransitividad del
verbo escribir -eco de Barthes-, que por similar naturaleza también
corresponde al verbo contar, o narrar, o recitar, o imaginar, o
inventar; es una intransitividad cierta, sin objeto/objeción
posible; porque son verbos que se sustentan del propio sujeto que les
anima: quien escribe o narra o imagina, quien genera el hilo
narrativo y lo alimenta, se escribe y narra e imagina a sí mismo,
porque consigo mismo alimenta ese hilo, del que a su vez toma el
nutriente que hace posible la propia vida. La vida sin más. Es
posible que nuestra vida termine la mañana en que no seamos capaces
de seguir el hilo de la narración; trágica como incierta amenaza
que presiona y atenaza con la inmovilidad de nuestras agujas,
cinceles o magno buril -pero no me asusto, que nunca es tarde para
retomar el hilo-, pero precio asequible teniendo en cuenta que de lo
que se trata es de escribirnos apasionadamente, sin que un solo
espacio en blanco pierda sentido o confunda su significado con el de
otros hilos más gruesos, rudos y peludos, que en talleres de
submundo fabrican escribanos con retales y desperdicios, al ritmo de
los tambores bélicos de sus amos infieles. ¿Podría plantearme la
cuestión siguiente: si mantengo el hilo que me narra, podré evitar
que me recorten la narración? No podemos garantizarnos la
inmortalidad, pero es seguro que la red que vamos tejiendo (no por
sólida impenetrable) fortalece nuestros hechos, hace de nuestras
vidas un consistente relato y nos eleva a la serena conciencia de la
fluida palabra invulnerable.

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