Maneras de morir, a la manera de O'Brien


Cuando la ciudad de Roma, continuó Furriskey, la ciudad santa y el centro y el corazón del mundo católico, era una masa de llamas, con la gente asándose en las calles a docenas, Dios santo, pues allí estaba el tipo fresco como una lechuga en su palacio con el violín apoyado en la mandíbula. Había allí gente... asándose... viva... a menos de una docena de metros de su puerta, hay que ver, hombres, mujeres y niños muriendo de la peor muerte de todas. ¡Dios santo, se imaginan ustedes!

Ese individuo no tenía principios, desde luego, dijo la señora Furriskey.

Oh, sí, menudo pájaro que estaba hecho. Morir quemando, vaya que sí, qué broma.

Tengo entendido que es peor ahogarse, dijo Lamont.

¿Pues sabe usted una cosa?, dijo Furriskey. Yo prefiero ahogarme tres veces antes que asarme, sí, seis veces, lo prefiero. Meta usted un dedo en un cachorro de agua. ¿Qué siente? Casi nada. ¡Pero meta usted un dedo en el fuego!

Nunca lo enfoqué de ese modo, convino Lamont.

Créame, sí, es una historia muy distinta. Una historia pero que muy distinta, señor Lamont. Es un caballo de otro color completamente diferente, vaya que sí.

Dios quiera que nos muramos todos en nuestras camas, dijo la señora Furriskey.

Yo preferiría no morirme, desde luego, dijo Shanahan. Pero si tuviera que hacerlo preferiría la pistola. Una bala en el corazón y listo. Estás liquidado antes de darte cuenta de nada. La pistola es una cosa que no está nada mal. Es rápida, piadosa, limpia.

Se lo aseguro, sí, el fuego es temible, dijo Furriskey.

En los tiempos antiguos, recordó Lamont, tenían una cosa que se llamaba bebedizo. Se hacía con hierbas, con belladona, ¿saben?, te llegaba a las tripas, a la boca del estómago, aquí, ¿ven? Lo tomabas y te sentías magníficamente durante media hora, pero en cuanto pasaba la media hora empezabas a sentirte un poco débil, ¿me comprenden?, y al final del asunto, acababas con todas las tripas por el suelo alrededor de ti.

¡Dios nos ampare!

Una cosa terrible, sí, y es la pura verdad. Al final no eras más que un saco de aire. Lo vomitabas todo, toda la galería de tiro.

Pues si quieren que les diga, dijo Shanahan rápidamente insertando la flecha de su agudo ingenio en el centro de la conversación, yo he tomado alguna jarrita de ese asunto en mis tiempos.

Se interpuso una carcajada neta y melodiosamente, que fue retirada con habilidad y repuesta quedamente luego.

Llamaban a esa bebida un trago de cicuta, dijo Lamont, lo hacían con ajo y varias cosas. Homero concluyó sus días en este mundo con su copa de veneno. Lo bebió solo en su celda.

Ese era otro bribón, dijo la señora Furriskey, perseguía a los cristianos.

Es que eso fue moda durante un tiempo, dijo Furriskey, hay que entenderlo, ¿saben?, si no te metías con los cristianos no eras nada.

 
Flann O'Brien
En Nadar-dos-pájaros
trad. José Manuel Álvarez
Nórdica, 2010