Lo consciente del inconsciente

George Steiner decía que para construir un auténtico monólogo interior -esto es, literaturizar los aledaños de lo inconsciente- se debería descubrir una sintaxis apropiada. Pues bien, nada se pierde con intentarlo. ¿Y cuáles son las pistas? Para sentar una base, se me ocurren dos: Faulkner y Joyce. Sólidos pilares.

"Con la irrupción del inconsciente en la poética, con el intento de retratar personajes en su totalidad dividida, los métodos clásicos de la narración y el discurso resultaron inadecuados. Dostoievski creía que el dilema de la forma inadecuada -las Confesiones de Rousseau- implica el dilema más importante de la verdad inadecuada. La literatura moderna ha tratado de resolver este problema de varias maneras, pero ni el empleo alternado del discurso «público» y «privado» en Extraño interludio de O'Neill, ni el monólogo interior perfeccionado por Joyce y Hermann Broch han resultado del todo satisfactorios. Lo que podemos oír del lenguaje del inconsciente cae con demasiada facilidad dentro de nuestra propia sintaxis; quizá todavía no sabemos escuchar."
George Steiner
Tolstói o Dostoievski
Siruela, 2002
trad. Agustí Bartra
pp. 228-229

Paradójicamente -piensa Steiner y yo me adhiero- la clave para saber dar forma al pensamiento a través del lenguaje escrito es afinar el oído. Y parece el medio más eficaz: debo aprender a escuchar: ¿a mí mismo?, no: a mis personajes. Me he apoyado sobre una doble escalera, también llamada de tijera (Faulkner-Joyce); veamos hasta dónde me alcanza.


Sustentado por Faulkner, colocaría lo que denominaré individualización de la expresión. El objetivo es obvio: hable quien hable, saber quién está hablando. Si personalizamos las intervenciones dialogadas habremos conseguido que cada personaje tenga su propia forma de expresión, con su vocabulario, su sintaxis, sus coletillas y chascarrillos. Poner a hablar a los personajes es la tarea principal del narrador -derribaremos el canon contemporáneo de "ponerlo en acción", debido al cine: el habla es la acción más completa en literatura-; pero no siempre es necesario que dialoguen. El ejemplo que se me ocurrió fue Mientras agonizo (monumento a la polifonía), pero la guía que debo tener en mente es El ruido y la furia: no hay muestra más nítida de las posibilidades de personalizar el lenguaje, de construir el subconsciente de los personajes. Fijémonos en la gran mayoría de Primeras Personas que inundan la mesa del librero: son la misma, esto es: la de lector. Creo firmemente en la máxima que subyace en el título de este esbozo: en efecto, lo consciente muestra el inconsciente. Y es una cuestión de afinar el oído, nada más. En cualquier discurso queda plasmada la idea que lo generó, que se oculta tras las palabras, pues la mentira no sólo tiene muy cortas las patas sino que sus alas hacen un ruido espantoso cuando aletean; es el fundamento de los juegos del lenguaje de Wittgenstein y de la hermenéutica de todas las épocas (desde la exégesis bíblica, la Cábala o el Nominalismo hasta nuestro Conceptualismo, el Simbolismo poético francés o la Literatura comparada): el pensamiento se refleja en el lenguaje, de quien es hijo; (parafraseando a Flaubert:) la forma es el fondo.

De acuerdo, ahora bien: ¿Dónde está el nivel de conciencia de lo inconsciente? Siguiendo a Faulkner puedo establecer un método para alcanzar la fluidez necesaria que me posibilite habitar el oído de Benjy y sentirme dentro de él; sé cuáles son sus miedos y sus anhelos, y sé también que le gustar este olor y aquél le desagrada, que repele esta imagen y que siente predilección incontenible por utilizar esta palabra prohibida; puedo construir el universo inconsciente del personaje porque sé acerca de él más de lo que él mismo sabe, y aunque no pueda describirlo en el texto -que no debo explicarlo, es precepto básico de la buena novela-, o sólo deje escapar en alguna ocasión una pista (que más bien será des-pista), yo conozco hasta el último detalle de su existencia y por tanto tengo el contenido completo de su subconsciente, no hay posibilidad de que nada que pudiera haber en él se me escape: estoy en disposición de construir un monólogo interior que cumpla fielmente las pautas de su subconsciente, con sus miedos y anhelos, su vocabulario y su sintaxis, su reiteración favorita y su más inconfesable debilidad. Sin embargo, alcanzar la completud de un solo personaje ya se antoja inabarcable tarea. En efecto: escribiendo sobre ellos lograré conocerles, construyendo textos sobre sus vidas y sus tiempos podré despejar mis incógnitas; pero necesitaré más tiempo del que dispongo, para completar este paso previo. De acuerdo, ahora bien: ¿Cuándo estoy capacitado para expresar un subconsciente con relativo acierto? Para averiguarlo necesito a Joyce.

El Ulysses es la construcción de sus personajes. Así lo concibo. La grandeza literaria de esta obra es que me permite -como lector aguerrido- ir perfilando cada uno de los personajes que en ella aparecen. Yo no conozco a las personas de carne y hueso desde el primer día en que las veo o sé de su existencia por terceros, o desde que detectan mis sentidos una referencia sobre sus ignoradas vidas: conozco a las personas con el paso del tiempo y la convivencia. Incluso cuando una persona nueva en mi vida se parece a otra que ya dejó de estar presente, puedo establecer un paralelismo y creer que responde al mismo patrón; pero esto es sólo un andamiaje que me sirve -las más de las veces sin éxito, o en perjuicio de mi subjetivo conocimiento- para situarla en la escala de valores con que mido a los demás: no hay dos personas iguales, como no hay dos personajes idénticos (si el camarero que sirve las cervezas es el mismo que sirve los combinados, algo no funciona o al menos algo está ausente): parto de un prejuicio y, liberándome, concluyo en una impresión insólita; esto es todo en cuanto a mi conocimiento de los demás. Lo mismo con los personajes, lo mismo que Joyce hace posible: el autor construye el Bloom del comienzo de la novela con los mimbres -que ya intuye- del Bloom del final, pero precisamente al querer descubrir ese otro Bloom que aún desconoce -el verdadero-, va construyendo su monólogo interior, no tan cercano al subconsciente como plenamente consciente: las cientos de referencias que aún se me escapan tras la tercera lectura del Ulysses son esas tantas denotaciones que el autor fue descubriendo en su todavía inconclusa construcción del personaje. Como dicen de la utopía, que no hay camino hacia ella sino que ella misma es el camino, así sucede con la construcción de la novela: no hay camino hacia la novela, pues la novela es el camino. O quizás no fui consciente.