La simbología de los personajes

En las estribaciones de En Nadar-dos-pájaros, Flann O'Brien propone un listado colectivo de personajes a disposición de todo novelista que quiera usarlo para construir sus composiciones. De primeras, uno se dice que esto es echarle cara -pretende eludir la engorrosa tarea de construir personajes...-; pero si se piensa un poco, labor más complicada que crear personajes propios, es trabajar con los ya creados, pues hay que confeccionar un texto a la altura de tan insignes protagonistas, y esto supone un compromiso y una responsabilidad a los cuales nunca obligan los personajes que nosotros mismos ideamos.

"Todo el caudal de la literatura existente debería considerarse un limbo del que los escritores perspicaces pudiesen sacar sus personajes de acuerdo con sus necesidades, creando solo cuando no lograsen hallar un títere adecuado ya existente."
Flann O'Brien
En Nadar-dos-pájaros
trad. José Manuel Álvarez
Nórdica, 2010



No obstante, esta herramienta literaria tendría un precedente cercano en la Commedia dell'Arte -aunque en este género, la creación de los diálogos sea labor de los actores, convertidos por ello en autores, y no exactamente de una figura de guionista-, y se extendería hacia atrás hasta los confines de las manifestaciones artísticas y religiosas que se representan frente a un público o feligresía que en ellas espera encontrar espejos y resonancias de su propio convivir; pero en realidad, éste es un método común en todo estilo artístico de corte popular: personajes paradigmáticos, situaciones estándar y estructuras de éxito; método de la reiteración de clichés para autores y consumidores mediocres. ¿Debemos ignorar a O'Brien y rendir culto a la Diosa Novedad?

Lo de O'Brien es una propuesta trampa, tras la que se esconde un minucioso estudio de los personajes y de su composición, ya que tal es la novela citada; un truco de prestidigitador que el irlandés, con sorna e ironía, acuña al comienzo de la obra para reforzar su propia independencia respecto a la creación literaria al uso. El significado real que a mi juicio esconde la propuesta, es la idea de que los personajes deben representar su simbología de acuerdo con un carácter humano, no fantástico, no ficticio, no irreal ni aparente; esto es, que los personajes de la novela no pueden representar simplemente una función, ni ser encarnación de una parte o premisa de una tesis (rompo, sin embargo, una lanza en favor de Kundera, en quien siempre encuentro el fragmento incompleto de una intuición, más que teoría), sino que tras la máscara que les muestra en la narración, debe bullir todo un mundo efervescente de miedos deseos frustraciones anhelos, que justifique esa fachada y al tiempo la haga posible. Simbología, en efecto: invención o imagen que remite a algo real -o al menos a algo cargado de un significado menos artificial o aparente-. No esencia ni ensoñaciones idealistas que remiten a instancias elevadas, sino profundidad hasta el último átomo en el fondo fangoso del rincón previo al vacío.

Después de tantos años escribiendo -y sobre todo, después de tantísimos años sin dar nada por terminado-, conozco a mis personajes como si todo este tiempo hubiera convivido con ellos. Inventar sus nombres (que considero uno de los más gratificantes excesos que puedo cometer por ellos; bautizarles, con todo el esfuerzo que merecen, es lo mínimo que les debo) ha sido una tarea harto sencilla, toda vez que les conozco y sé que sus nombres, lejos de encasillarles -y muy a pesar de lo que pueda parecer- les otorgan vida entera, vivida o por haber. Por ejemplo, lejos de tener a Iracúndez por un ser airado y entregado por completo a sus espasmódicas aversiones hacia los demás, sé que el cariño que siente por los seres desvalidos, incluido su propio hijo a quien eleva preces por encima de la reservada consideración general (no del mismo modo a como lo haría doña Altivia hacia su hijo, por orgullo propio, sino con el sentimiento de ternura que emplea hacia todo cuanto ve débil), es un cariño que por sí lo define y humaniza, más allá en ocasiones de lo que me es dado humanizar a quien manejo y zarandeo a mi capricho; sin embargo su nombre es Iracúndez, no me cabe duda, porque su reputación social es arremeter contra todo aquello que altera su connatural afecto hacia la vida.

Y con esto de inventar los nombres, no sólo consigo diferenciar cada personaje y otorgarle su propia personalidad, sino que también evito que personas vivas, o que conocí, que tienen el mismo nombre elegido para un personaje, modelen o interfieran en el carácter de éste a través de mis recuerdos o prejuicios. El acervo de mi experiencia propia, como impagable empírico baúl, estará siempre presente, y a la par limarán sus afilados perfiles el rol de los arquetipos de Jung, o la sintomatología de las neurosis, o los heterónimos de Pessoa que son personajes cuyo autor ha desarrollado hasta tal grado que los ha convertido en autores por sí mismos; otorgar sentido simbólico a las palabras y hechos concretos es como aquello que me dijo el profesor lentamente mirando por la ventana hacia la marea de niños anegando el patio del colegio, tres pisos más abajo: "forme usted alegorías en su cabeza que luego le desagüen por la boca"; tiene miga la metáfora para expresar la liberación del pensamiento cuyo encierro puede causarme una patología. Huir de la realidad, egocentrismo, pérdida de noción de lo real; cualquier excusa es válida para ocupar el pensamiento en la gestación de personajes; cualquier descabellada regla de escritura sirve para justificarlo. Hagamos, pues, Flann, lo contrario de cuanto el mundo nos obliga a creer.