Vericueto sobre una ontología de la labor escritora



¿Es posible escribir sobre una cosa pensando en otra? ¿Consiste tan extática experiencia en lo que a veces llamo distancia, ausencia, nada? Dice Carlo Ossola, citado por Valente (en La experiencia abisal; edición de Nicanor Vélez en Galaxia Gutenberg, 2004): «La ausencia de referente que comporta la elección de la Nada como “materia” de discurso obliga a la palabra a una “descripción en ausencia” que de por sí -casi por definición- aparta la escritura de la órbita de la verosimilitud y la convierte, como dirá agudamente Manzini [en el discurso de 1634 sobre Il Niente], más en “objeto de la maravilla” que del “conocimiento”.» Una tercera pregunta: ¿Por qué al leer esta cita que da inicio al ensayo homónimo de Valente me ha venido a la cabeza la ocultación tras el texto, a veces (incluso siempre, como diría Vila-Matas) la impostura?

He creído deducir de la cita textual de Ossola que ya Manzini en el siglo XVII había reflexionado sobre la importancia de analizar y en consecuencia obviar aquello que mientras escribimos nos ronda la cabeza -lo que verdaderamente nos la ronda-, reflexión que entiendo fruto de la duda y duda que concibo como consecuencia de haber desligado el acto de escritura de todo ritual religioso (después los ilustrados se centrarían en el conocimiento y los románticos, inaugurando la moda del reaccionismo, enfrentarán la maravilla a lo objetual; y así alternando sin descanso hasta hoy, idealistas y materialismos... sólo la introducción de la Nada, creo, interrumpe la secuencia religiosa “conocimiento versus maravilla”); de manera que me vino a la cabeza una idea: la Nada como referencia del mecanismo creativo sin referencial aparente -¿el simbolismo en mente?, ¿estructuras en vez de contenidos como fuente de la creatividad?: no podría ser de otra forma con Mallarmé y Barthes de fondo.

Valente me remite a la experiencia -en detrimento del experimento- como fuente de valor, de manera que, entiendo yo, el punto de apoyo del acto de creación literaria se aleja hasta romper el vínculo (no como distancia, que decíamos antes, pues ello implicaría separación sin ruptura; sino alejamiento, desvinculación, abandono total y hasta completo) de aquello que en principio uno desea nombrar. En definitiva [pienso ahora que releo esto: ¿escritura autómatica?, ¿tiene por referente la Nada?; ¿es un proceso inconsciente, -pasto del psicoanálisis- lo que tengo en mente?; creo que no: creo que estoy pensando en una forma de creación que se elaboraría a través de cierta lógica colectiva -¿incognoscible?, ¿inconmensurable?-, ajena a la psicología individual u onírica], llegar lo más lejos posible en el ejercicio del mostrar, del ocultamiento, del leer entrelíneas y del lector activo [¿y no será que me preparo para no-nombrar con vistas a una inmediata realidad social censurante y (aún más) represora?].

Al medir el espacio desde la Nada y convertirla en rasero de la experiencia (en oposición al acervo cultural recibido, no dejaría nunca de ser principal fuente de conocimiento: memorizar datos no conlleva aprenderlos, para aprenderlos hay que vivirlos), apuntaríamos al máximo equilibrio entre aquello que ha sido escrito (o plasmado) y aquello que el escritor (o el artista en general) tenía en mente cuando creaba su obra: no hay mayor falta de identidad entre un objeto y su motivo, que cuando éste es la Nada -precisamente porque la Nada, conceptualizando desde el atomismo, no existe y no puede existir: el vacío no es la nada, sino espacio no ocupado por materia-; tal vez pueda suponerse que la Nada, precisamente por ser lo contrario a Todo, facilite que el espacio -vacío- acepte cualquier sugerencia de carácter inspiratorio, pero esta objeción no se sostiene en el sentido de que “cualquier sugerencia de carácter inspiratorio” que fuera posible, debería de partir de un referente, y no al contrario desarrollarse en dirección a él como sería el caso de que “cualquier sugerencia” surgiera como origen y terminara convertida en referente.

El arte por el arte, ¿no es un ámbito creativo donde la sugerencia subyace en la misma forma (el resultado re-convertido en origen), obviando el referente, o más exactamente suprimiéndolo? -¿No es ésta una noción religiosa?- Podría debatirse sin fin este asunto, como se ha hecho y seguirá haciendo, sin alcanzar conclusión alguna.
Que la Nada -no siendo el vacío ni lo opuesto al Todo- sea el referente máximo de la creatividad humana, lo demuestra el hecho de que el arte, en todas sus facetas ajenas a la manipulación de los sentidos o de la razón -esto es, en lo que experiencia mística, admiración, inaudito conocimiento sólo válido para cada sujeto de forma independiente o simple solaz sensual que hoy nos lleva al éxtasis y mañana desvanecemos con nuestra indolencia-, no tiene ningún sentido práctico, no sirve a ningún fin colectivo, carece de todo valor pues su valor -¿prestigio social?, ¿extravagancia comercial?, ¿presunción sensorial?- es inestable, no ya por el paso del tiempo sino más bien por la propia inexistencia de su transcurrir (una obra de arte adquiere con el tiempo el valor de su cambiante significado, pero la perspectiva temporal es ya de hecho la prueba concluyente de la imposibilidad de objetiva valoración); es por tanto algo que tiende a la Nada como ninguna otra cosa lo hace, pues ni materia ni vacío tienden a -y aún menos derivan de- la Nada; sólo el acto de creatividad puede hacer posible un concepto de Nada no reducible al absurdo. Y como dice nuestro flamante Premio Cervantes 2011, Nicanor Parra: “a la Nada le queda poco”; y siempre le quedará menos, hasta el infinito.

“En 1867, escribe Mallarmé a su amigo Henri Cazalis: «He hecho un largo descenso a la Nada para poder hablar con certidumbre. No hay más que la Belleza -y ésta solo tiene una expresión perfecta: la Poesía. Todos lo demás es mentira -salvo para aquello que viven del cuerpo, el amor, o ese amor del espíritu, la amistad».” (Valente, op. cit., p. 198)

Cuando la Nada tira de mí, y el abismo se (o)pone delante con su desnudez lujuriosa de cósmico magnetismo, es cuando creo que podría morir sin terminar lo iniciado; pero muchas veces se contrarresta el vértigo con el simple peregrinaje filosófico (“Siempre dejaré algo inconcluso”, me convenzo) y otras veces, las menos, reconozco en la desazón la causa principal que me empuja a seguir escribiendo, a no cejar jamás de escribir, a dejar -sí, por fin- algo inconcluso; porque la Nada es el último punto, objetivo clarividente; y escribo con mayor soltura cuando necesito terminar de decirlo todo, y aún más en esos instantes de conciencia es cuando soy verdaderamente consciente de que nunca se cerrará por completo el círculo. ¡Qué gran satisfacción cuando la mano coloca el punto final y ya está dicho! Concluye la vuelta, la órbita completa su dibujo y la idea, de un modo más o menos fiel pero siempre supeditada a la forma (la idea, por inasible, es lo eternamente inconcluso, como lo es también la materia siempre cambiante: la forma es lo único que cesa, se detiene, está momentáneamente en reposo), materializada la idea se recoge sobre sí misma y con una mayor ausencia en su seno, pero plena al haber concluido una nueva materialización, descansa agazapada en la Nada hasta que de nuevo ésta gime, yo escucho y la mano, de nuevo, me responde.

La única pregunta que me planteo ahora es: ¿La reflexión sobre la Nada, sea cual sea su origen o intención, gira en torno a elementos ideales? Creo que el materialismo, descartada la Nada al convenir que todo es materia o vacío, puede ser la clave para encontrar salidas a estos laberintos: la Nada presente, parafraseando a Mallarmé, lo único verdadero.