Fregaba los cacharros -frente activo de soledad- y repensaba
el pasado así como si el pasado fuera una cosa que pudiera ser transformada...
"Lo pasado, pasado está", dijo mi abuela, un juego de palabras -del lenguaje- que de tan obvio oculta la incertidumbre (: ¿por qué siendo tal la evidencia se ofrece tan a menudo como caldo de cultivo para mi mundana hermenéutica?)... El primer descubrimiento que hace una conciencia
humana hacia el conocimiento abierto y no mediatizado -o en cierto modo libre- es tener acceso al pasado como
eso que siempre puede cambiarse (esto es, ser reinterpretado). Primera paradoja (apunto en el
cuaderno de los contrasentidos): ante las mimbres presentes, el futuro parece inamovible, pero el pasado se moldea a voluntad del cliente. Reconocer esta indisoluble certeza es
–quebrantando el sentido común y estableciendo el mayor absurdo que inteligencia humana alguna sea capaz de soportar- primer suficiente e imprescindible paso hacia la
sabiduría. ¿Quién va a contradecirme? Evidentemente lo harán las “mentes
estables”, que con inusitado ahínco tanto se entregan a la manipulación del pasado colectivo.
Respecto a rencores y remordimientos, todo un abanico de
sentimientos, hilera interminable de maneras de enfrentarse al mundo... o
de eludirlo. Es muy fácil pensar que en tu camino, alguien que no te quiere bien sembró un mal (como dejó
escrito Bécquer, “para que yo lo recoja”); es muy fácil creer que los
pasos mal dados no fueron producto del propio pie, sino de zancadilla ajena,
tan fácil de creer como de recordar, bajo efectos irritantes de una herida mal
curada, los detalles concretos de una relación reveladores de su trágico desenlace. Una gran diferencia entre ciertas personas, que con el tiempo y la experiencia
se va abriendo hasta convertirse en abismal distinción (no sé si de
carácter o de personalidad, si educacional o psicológica, si genética o
adquirida...): es la capacidad de analizar la propia conducta y extraer del
análisis una conclusión positiva. Dice el dogma mercantilista, que debe
evaluarse la tarea para mejorarla, ¿pero cuándo dar pábulo a la
autoevaluación de las propias personas? El sempiterno examen de conciencia ha
sido en exceso (y con mala fe) ab-usado, ya no sirve; urge imaginar una forma de averiguar cómo las reflexiones sobre el pasado lo convierten en provechosa fuente, cómo se evita enlodarlo, cómo se consigue aprender de (para no repetir) los errores; cómo lograr que el fantasma de una realidad que, óyeme bien, querido diario, nunca existió más allá de tu indigno descubrimiento paranoico, se aleje definitivamente disuelto en la bruma, y ésta así se despeje.
Como la Antígona de Sófocles, Orestes tiene un problema grave -el problema por antonomasia de los héroes (y no tan héroes) de la Antigüedad Clásica-: elegir la ley o permitir al corazón. Es el sempiterno conflicto de la legalidad vigente, el respeto a la convención social impuesto como forma de dominación, aun bajo el absurdo o contra
el sentido común. No olviden que el delito de impiedad es una de las armas políticas más usadas para sacar adelante la iniquidad, para imponer con éxito las ignominias; hoy en día, sin ir más lejos, no lo acusan a uno de impiedad, pero lo desprestigiarán como ateo, pues -¿quién no lo sabe?- un ateo es aquel ser inmoral (e impío) que sin el freno de inapelable obediencia a instancia superior, será capaz de cualquier aberración con tal de salirse con la suya (¿dije ateo?, vaya, parecióme definir a un jerarca).
Erinias y Euménides son dos caras de la misma moneda. ¿Tiene la venganza dos
caras? En efecto: a una la llaman Justicia (humana de obra, mas divina de palabra), a la otra Arbitrariedad; la sujeción del instinto a las instituciones ha generado este equívoco que Orestes enfrenta libre de prejuicios pero trágico como ejemplar héroe. ¿Y cómo justificamos la absolución de Orestes? Agamenón era un veterano de guerra, pero no una digna persona: partió hacia Troya con las manos manchadas con la sangre de su hija Ifigenia en sacrificio que le convierte (a ojos de una erinia digna y realmente justa) en culpable -y no olvidemos a Casandra...-, sin atenuantes (sin apelación a la consecuencia ineludible de sus débitos para con deidad alguna, etc.); la supuesta ecuanimidad del crimen perpetrado por su hijo al desagraviarlo dando muerte a sus asesinos, no tiene justificación a ojos de la ley inmortal, ¿pero qué de una ley humana?Esa doble cara de la venganza (resarcimiento para quien sufrió el agravio y escarmiento para el represaliado) es el fundamento de la idea de justicia eje del ámbito secular -y en ocasiones también de la jurisdicción extraterrenal- de nuestra civilización. No en vano, Camus dixit, el cristianismo apela al Día del Juicio y el comunismo a la Lucha Final, para mantener la llama del sacrificio en espera(nza). El castigo que recibe el pueblo de Agamenón al aceptar el desafuero contra sus leyes -ya verteré su debida "Resonancia" a Las moscas de Sartre- está siempre presente durante los periodos ominosos de nuestras dictaduras, o en periodos posbélicos para los perdedores. La cuestión que deja abierta Esquilo es la más importante que se plantea la mitología griega, pues sobre toda ella se fundamenta la convivencia de la sociedad occidental, sus orígenes y también el futuro que continuamente ha de acometer. Sólo comprendiendo las raíces del problema (que Esquilo analiza punto por punto y nadie podrá jamás mostrar en conjunto), podría delimitarse y canalizar en justa medida la problemática abierta entre un acto instintivo y un hecho social, ambos tan trágicamente justificables (y justos).
¿Por qué tengo ahora entre mis manos dos imágenes que se me muestran irreconciliables: Reconocimiento a las Víctimas del Terrorismo contra Reconocimiento a las Víctimas de la Dictadura? En todos los tiempos habidos y por haber, sólo existió una forma de hacer justicia: tomar partido por un bando. Sería bueno que esto empezara a cambiar; bueno y verdaderamente justo. Esquilo nos da una pista.
véase además:

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