"Yo siempre hablo en general. No me gustan las medias tintas."
Raymond Queneau
trad. Fernando Sánchez Dragó
Alfaguara, 1978

Me encontré con Zazie en otro momento, hace como veinte años, aunque nunca antes la había visto era ella quien entró en aquel autobús -ojo, no el mismo autobús que llevaba a Pekín, sino otro, tal vez uno que me llevaba cada mañana a la Facultad; esto era un poquito antes de perder la buena costumbre de ir a la Facultad en transporte público para convertirme en un perezoso conductor de automóvil privado-. En efecto, a Zazie me la presentó Boris Vian. Fue una fría mañana de invierno, en la calle cerca de la comisaría, donde años después pasarían aquellos jóvenes antisistema huyendo de la conspiración represiva -menuda encerrona les hicieron, menuda gracia-. Me la presentó Boris y ella me dio dos besos (dos besos de metal fundido) y yo pensé que era sólo una niña. Me acompañó después, semanas después, en aquel viaje que hice a la capital a comprar libros de bolsillo de Alianza cubiertos por Daniel Gil, a primera hora de la mañana de una primavera que apenas estaba asomando por detrás de los edificios largos; yo viajaba en autobús (he de confesarlo: era un autobús de línea, quizás de conductor eslavo bien disimulado bajo gorra castellana) y paseaba tras las ventanillas, a uno y otro lado, una estampa de escritor maldito, fumador y petulante, consumida en la discordia otra noche en vela bajo la amenaza el pálpito de mi máquina de escribir, sobre la mesa, silueta confusa en la imposibilidad del tecleo nocturno, impensable.
Han regresado a mí aquellas estampas con ese reiterado cosmogónico "me la suda", ¡cuántas veces mis oídos se han estremecido al leer!

Queneau, provocador contumaz, el filo de la irreverencia o su punta oscilante Damocles de la probabilidad. Es tal vez uno de los ritmos cómicos más trepidantes que he encontrado en la literatura (también atrás Rabelais, quizás Boccaccio, acá Cervantes): es así lo absurdo: que nada me asegura que ahora cuando salga a la calle no cruzará mi camino una Zazie arrastrando toda mi lucidez por el fango de la incoherencia, soterrando las líneas de mi cordura y replicando los badajos de mi endeble sensatez: me demuestra -siempre y cuando sea yo capaz de poder reconocerlo- que la vida es breve juego de azar, llano y cándido juego de azar en el que lo de menos es poner cierta voluntad en participar; no en vano, azar es precisamente el método de elección de los contendientes, y voluntad sólo un gritito débil bajo la almohada. Azar, en suma, pero necesidad también: necesario desvelo (vigilia y desocultamiento) de aquello que la apariencia esconde.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada