Si volvía a montar en avión -si volviera, quiero decir-; si así fuera tendría por delante una labor larga y muy fructífera, la verdad. La última vez que monté en avión, y en autocar, en viaje a suficiente distancia, aproveché bien el tiempo; sí, fue un viaje aprovechado: leí gran parte del Santuario de Faulkner, allá por Marrakech. Pero habría tenido que cumplir mi gran deseo, que era escribir el guión de una novela, sus trazos, su estructura, la base completa -en concreto, la que narrará, tal vez, algún día, la escapada del Mesteño, cuando abandonó la Garruña para acudir a una boda en el Magreb-. Escribir durante un viaje es un método de escritura que podría ser fértil y eficaz. El método es fundamental, hasta el punto de ser decisivo para el resultado final (así en la literatura como en la ciencia...); el método define la novela, el producto. Ocurre de este modo en muchos campos, en muchas facetas de la manifestación humana; en la técnica; métodos de fabricación, procedimientos, formas de actuar, protocolos, medios que definen y deciden el resultado, los fines, el producto. En función de cómo hacemos obtenemos, con matices quizás, pero así. Así como realizamos el trabajo (convencidos, seguros, alegres, amargados, obligados, alienados), así obtenemos un resultado u otro. Por eso es tan necesario hallar el método a seguir en la escritura (la teoría, la poética; como lo llames); aunque luego cambiemos: no perdemos el método sino que lo variamos; así varía el resultado -los personajes que se rebelan, los acontecimientos que se nos van de las manos...; eficiencia (tal vez eficacia, tal vez eficiencia para dejar de lamentar esas pérdidas de tiempo, que en sí nunca lo son, faltaría más)-; la tarea principal es el método, en la ciencia y en la literatura: por eso hay tantas novelas similares, tantas estructuras repetidas que enganchan o repelen como drogas del alma. El estilo es el método, y como el contenido es la forma, que diría Flaubert (o que la forma sea la esencia del contenido), tantas y tantas novelas parecen hijas del mismo crisol: se enseñan métodos como recetas de cocina, fórmula mágica (para la novela histórica, para la de intriga, para fabricar un best-seller), se enseñan métodos que son métodos construidos (cómo reconstruir un método determinado: los planos, a veces la partitura). Habría que enseñar (y antes aprender) a construir métodos, uno por cada novela. Cada novela exige un método nuevo, un plan de construcción original (desde la obtención de fuentes, lecturas inspiradoras, hasta la revisión/corrección final: leída, escrita, escuchada...). Cada obra su método, porque cada obra es un ser vivo completamente nuevo, no un clon; no debe ser gestada (ni creada, ni educada) de igual manera a como lo fue otro ser vivo diferente, distinto, original. Por eso no hacemos caso a la industria editorial que pretende imponernos la producción en cadena. Ser artesano de la novela, crear un árbol para escribir un hijo.
Y mañana será Aira - Violeta Gorodischer
Hace 1 hora.

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