La señora Dalloway / Virginia Woolf

El análisis que realiza El lamento de Portnoy
(al que accedo gracias al blog del
Club de Lectura de la Biblioteca Miguel Hernández de Collado-Villalba
-¡gracias, Mona!),
es muy ilustrativo respecto a la figura de Doris Kilman,
institutriz de Elizabeth (la hija única del matrimonio Dalloway);
Doris es el personaje más enigmático de esta novela,
obra maestra de la literatura inglesa del siglo XX.

El resentimiento es la nota predominante de la personalidad de la señorita Kilman. Es como un muro que le impide apreciar y disfrutar la belleza de la vida (eso pensará Elizabeth; eso pensará cualquiera que no sufra como ella): por culpa del nulo aprecio que siente por los demás, es incapaz de valorarse a sí misma. Se preocupa excesivamente por la ausencia de valores humanos a su alrededor, quizá porque no tiene capacidad para encontrar un mundo más acorde con sus deseos. Ésta es la perdición de aquéllos que han elegido la libertad en decremento de la felicidad. Como decirmos vulgarmente: es una amargada.

¿Pero no será que Doris Kilman es un reflejo de la autora? ¿No son sus opiniones respecto a Clarissa la ilustración global que Virginia nos quiere hacer de su historia? ¿No pensaba Woolf que el lector necesitaría aclararse, con un punto de vista contrario al dominante, la realidad de unos hechos que, no por anodinos y sí por insensibles, quiso que fueran interpretados como un enjuiciamiento de la normalidad, de la inoperancia y la indolencia, de la trágica superioridad de lo mundano sobre lo vital? Respecto a los dramáticos acontecimientos que giran en torno a ese otro eje que es Septimus (o más bien su mujer, Lucrezia), los hechos que no responden a lo insustancial, los que son existencialistas y humanos, vienen teñidos desde el primer momento por una sensación de irrealidad, de realidad onírica, que nos termina contagiando cierto grado de intimidad con la enfermedad mental del excombatiente. ¿No es por ésto que nos sentimos atraídos por esa fuerza de la gravedad de una incierta aversión hacia la alegría? En caso contrario, ¿qué pinta Doris Kilman en esta historia?

El narrador(a) de La señora Dalloway no nos permite siquiera una leve intuición de cuál es su opinión respecto a los hechos; como buen narrador objetivo y ausente, invita a que el lector se forme su propia impresión, siguiendo el acontecer de este elenco de personajes tan sumamente inmersos en sus respectivos mundos. Ésta podría ser una de las llaves que convierten esta novela en obra maestra: la percepción de universalidad que nos llega de unos personajes cuyas características visibles son locales, circunstanciales, contingentes; sus anhelos o desilusiones carecen de contacto con la inmortalidad, no forman parte de un ente colectivo. Incluso en aquellos a quienes vemos sufrir falta pretensión alguna: sólo esperan que se repita mañana el día de hoy.

La presencia de Doris Kilman, que es, en cierta forma, paralela a la presencia de Septimus -y es, sin lugar a dudas, gemela a la de Lucrezia, probablemente el personaje más humano de todo el libro-, es la de la autora; yo así lo creo. Y también es la presencia del lector; porque son los ojos, únicos ajenos a su propia existencia, que se centran en el mundo exterior. Al margen de la señorita Kilman, de Lucrezia y de Septimus (aunque su visión distorsionada y trágica de la realidad lo pueda convertir en una excepción), el resto de personajes de la novela dedican poco más que un vistazo utilitarista al mundo que les rodea: Richard y Clarissa Dalloway, Peter Walsh, los Whitbread (Hugh es ejemplar en este sentido; creo que no podré olvidar nunca cómo, ante la ausencia del dueño de la joyería, prefiere irse sin comprar a ser atendido por un empleado), Sally Seton, Lady Bruton, la señora Dempster, sir William Bradshaw (el caso de este hombre ya es patológico), la mismísima Elizabeth en la flor de la juventud; todos los personajes de La señora Dalloway viven por y para sí, nada les preocupa externo a sí mismos, nada salvo que eso que sucede a su alrededor pueda alterar sus endebles equilibrios o, en su caso, modificar sus percepciones de la existencia. Y eso, me parece, es lo que Woolf, con uso tan magistrar de la herramienta literaria, nos muestra en esta novela.



La señora Dalloway
(1925)

Virginia Woolf

Cátedra, 1993
ed., María Lozano
trad., Mariano Baselga