Paisajes después de la batalla / Juan Goytisolo

"la dificultad de vivir, comunicar con los demás, adaptarse a las normas y actuar conforme al llamado sentido común, ¿es propia del narrador o corresponde simplemente al personaje?"
Juan Goytisolo,
Paisajes después de la batalla.
Montesinos, 1982.

Os digo que tengáis cuidado,
que éste es un mundo lleno de peligros, sembrado de conflictos, vacío de fe,
un mundo donde no hay posibilidad alguna de ser feliz,
ni de prosperar,
ni de encontrar sosiego, un poco de calma, algo de paz...
¡Ja!,
mirad cómo me río yo de vuestras ilusiones,
mirad cómo pisoteo vuestras ingenuas esperanzas.

Pero por qué tengo que ser yo quien sabe esto...
No voy a ser quien os lo enseñe.
Atentado, seguridad, comodidad, riesgo, bienestar...
¿Qué os dicen estas palabras?
Llegó el momento, basta de vivir sin preocupaciones.
Mientras a vuestro alrededor
el mundo se deshace,
llora, sufre, se descompone, muere,
se deshace...
¿Quién os creéis que sois
para libraros de la miseria que se extiende por el planeta?
Ahora,
¿con qué derecho exigís que os sea devuelta una paz
que vuestros abuelos asesinos le robaron al mundo?

Este esteta apocalíptico -llamadle loco, misántropo... Reverendo- no puede callar. Bajo el influjo de Capricornio, un impermeable le protege de la inclemencia como el kif de la cordura. Es el ojo consciente del barrio en decadencia, después de la proliferación de quienes vinieron a construirlo cuando sus habitantes ya carecían de fuerzas para mantenerlo. ¿O me equivoco de lugar? No. Es el barrio de mi infancia (en otra ciudad, claro, pero el mismo barrio); es así, lo sé; y es algo que no deja de sorprenderme: por más que leo, releo, vuelvo hacia atrás para cercionarme, no dejo de ver que los hombres que hablan son los mismos, exactamente los mismos, que conversaban aquella mañana de domingo en el bar de mi padre. ¿Cuál es la lección? La Historia, como siempre, enseñándonos eso que la vida nos hará olvidar. Recrea otro mundo con idénticos mimbres, nuevas técnicas para viejos errores.
Me caen sudores de lava por la frente mientras devoro este ejemplar gastado por el uso, el de una biblioteca pública. Editado hace casi treinta años, el tiempo no sólo ha dado a su autor la razón (qué puede significar dar la razón en un tiempo sin cordura...), sino que ha convertido su obra, a mis ojos, en un alegato del pasado, donde todo estaba dicho y nada pudo ser escuchado. Todavía me pregunto cómo fue posible que minutos antes de que cayeran ante mis ojos las Torres Gemelas, sentado en un sofá frente al televisor junto a mi madre tras consumir la dispensa de la jornada laboral cumplida, o conduciendo antes de eso hacia la comida en el coche en un semáforo oyendo en la radio una versión milenaria de Orson Welles (¡pero estaba sucediendo!); todavía no me puedo creer que yo pensara que el mundo se despertaría ahora tras el desastre para darse cuenta, la razón, el perdón y la mano. Ingenuo, diría el Reverendo. Claro que a él le pusieron una bomba en el pecho...


Leeré en breve la segunda parte (El exiliado de aquí y de allá). Cuando Goytisolo escribe, pensamos todos.