Imagino a Margaret Cavendish que
imagina el mundo que otros imaginaron mientras eludían de su
imaginación todo brote de imaginación. No necesitaba
extravagancias, pues ya su sola presencia era extravagante, pero
imagino que utilizaba su presencia extravagante, no para llamar más
la atención, sino para que hartos de contemplar su imagen
anunciadora del mundo resplandeciente que imaginó posible, volvieran
los ojos cegados hacia sí mismos y allí, en el mismo lugar donde
ella en sí misma descubrió un día que con imaginación podría, no
sólo crearse un mundo, sino aún con más razón inventárselo y
todavía con más razón -la razón imaginaria- crearlo, allí
descubrieran, ellos cegados y ellas tan deslumbradas (a veces),
descubrieran que toda la ciencia, como antes la poesía, la
literatura, la política y la religión, no podría consistir más
que en un acto de la imaginación, un efecto imaginario al que ella,
como mujer loca y extravagante, podía llamar por su nombre. Imagino
que su condición noble, su título y la mucha imaginación que le
echó a la manera en que podía ser famosa sin abandonar su vanidad,
su buen humor, su actitud provocativa y, en fin, su imaginación,
favorecieron en mucho el éxito de su empresa, pero las causas, como
en una fantasía de átomos, quedan en segundo plano. ¿No hemos
construido hoy, ilustrados y más científicos que nunca, un mundo
por completo imaginado? ¿Ha sido más eficaz el método de Francis
Bacon o lo hubiera sido el de la duquesa de Newcastle, a la hora de
establecer paradigmas y organizar y guiar a la sociedad? Más valiosa
que toda experiencia en un mundo de fatalidad y contradicciones,
parece ser la imaginación. Imagínense.
Margaret sale espantada de la sala donde mentes preclaras debaten encendidas sobre los secretos del universo, y busca el refugio de una habitación, fuera del alcance del ruido de los hombres, para que su cerebro provisionalmente entretejido -acorde con sus deseos y de la misma tesitura que su cuerpo- recite los poemas hilvanados con fugaz acento dictados hacia una explicación que, siendo más sencilla, no por ello es menos cierta. Desconoce los grandes debates y controversias filosóficas, porque nada ha leído acerca de ellas; ni aprendió nombres ni subrayó terminologías, porque su condición de mujer no se lo permite (ambigua expresión ésta, cargada de ironía al tiempo que modesta en su confusión: Defoe había explicado poco antes que la mujer de su tiempo no disfruta de digna capacidad intelectual porque la sociedad no le permite el derecho a educársela para su desarrollo, y trastocada así sigue la relación causa-efecto, hasta un extremo que actualmente, aunque resulta de una obviedad vergonzante, se manifiesta en robar este derecho a gran parte de la población mundial); pero vieron sus ojos los versos de Lucrecio, y tuvo oídos para los conceptos escondidos tras las palabras inconexas. Y las debatió sin pudor alguno, con átomos en las manos, ariscos y a veces resbalosos. ¿Se puede filosofar sin haber leído filosofía?
Trescientos años después, Deleuze concluyó que sí; principalmente porque la Historia de la Filosofía se convierte -con habitual insistencia- en un obstáculo insalvable para la libertad de pensamiento:
Algún Chesterton diría "¡Claro! El Deleuze (como otro Engels, otro Nietzsche, otro Foucault, otro Brunge), hablando mal de las teorías ajenas pero imponiéndonos la propia"; pero en este blog no hay cabida -intolerantes somos- para asegurar nada que remita a entes abstractos de improbable existencia -y aún más que improbable autoridad-, y nos hemos creído lo que dijo Deleuze**. Y hemos pensado que Margaret Cavendish (que se apellidaba Lucas antes de casarse con aquel tan tolerante hombre; calzonazos diría el falócrata), así debió entenderlo trescientos años antes, pues no sólo dijo que prefería ser atea antes que supersticiosa, sino que lo demostró experimentalmente, es decir consigo misma.
Sin embargo, el barón de Holbach no la cita en su Sistema de la Naturaleza, que trató de establecer las coordenadas del Materialismo durante el siglo XVIII; y tampoco durante el XIX la menciona el compilador F. A. Lange, en su muy extensa obra, ni aparece Margaret en la más reciente de Pascal Charbonnat (Historia de las filosofías materialistas, traducida al español por Mayra Victoria Gongora Ricardo... ¡una mujer!), quien sin embargo sí que habla del químico Cavendish, que fue, de nuestra autora, el cuñado llamado Henry. Parece que todos la ignoran, y hasta la propia Virginia Woolf da la impresión de querer mantener la distancia respecto a ella pero yo, al verla salir de su habitación con el vestido en llamas, o llamando a gritos a John su amanuense para que le escriba eso que ella, por escasa maña caligráfica, no puede escribir sin perder el ritmo de su bulliciosa cabeza en ebullición, yo quisiera aquí y ahora establecer un compromiso y ser estigmatizado con las alas de sus hombres-pájaro, las aletas de sus hombres-pez, la perfecta sintonía de sus incontables átomos que, puestos a ser libres, disfrutan de la libertad y no sienten ningún pudor en manifestarlo. Sin embargo me pregunto: ¿qué hubiera sido de Margaret si no hubiera encontrado cuna en la aristocracia?
Así, quizás, al cerrar la olla con las judías verdes y dos patatas cortadas en cinco trozos, hubiera imaginado el mecanismo de la vida; de la orgánica, claro, pero también -y con más razón- de la inerte, de la piedra que late bajo la mano y presiona hacia el núcleo del planeta, concluyendo en el último verso que el verdadero arrebato es hacia la tierra. Ella está tan convencida -tal seguridad en sí misma es con toda probabilidad el evidente síntoma de locura que más espanta a sus retractores- de que nada va a ocurrir desde cualquier aquí o ahora hasta que sus átomos y moléculas y los genes proteínicos que aún desconoce y la componen -y que ella gustosamente compone en y para este mundo descompuesto-, nada ocurrirá, digo, que la convenza de que no es así, sino de otra manera, como funciona la realidad. Porque ya sabe que las voluntades son oposiciones, las más de las veces infructuosas, casi insensatas, que se empeñan en desviar el movimiento de partículas inconmensurables en el vacío, sujetarlas con estúpido ánimo, degradarlas a la continuidad, a perpetuar el impulso, la inercia; a eternizar la (re)presión. Y si no hubiera posibilidad de lograrlo, si no fuera posible que bajo la inconmensurable masa del universo la pequeña voluntad del ser humano suspire... Margaret debatió a Gassendi contra su mecanicismo determinista (sin hacer uso de prejuicios religiosos, detectando incluso cierto idealismo en aquel materialismo casi finalista), y probablemente estuviera de acuerdo con las innovaciones que presentaron Hobbes y Descartes, pero no admitiera el monismo del uno ni lo dual de cuerpo y alma que afirmó el otro; probablemente Margaret habría llegado a concebir una explosión de diversidad, pluralismo y multiplicaciones hasta el infinito (o ad infinitum, si me permites, Magde, la pedante licencia); probablemente.
Pero hay una cuestión abierta: ¿cómo hacemos compatible la ciencia con la intuición poética?, ¿no abriríamos de este modo una vía para el contagio de los ideales?, ¿defenderíamos cualquier intuición que se dé, o es que sólo las circunstancias y su condición de mujer combativa otorgan a la autora de los Atomic Poems un grado de confianza por nuestra parte? Sigo viendo un antecedente al Principio de Incertidumbre de Heisenberg en esa crítica que lanza Cavendish contra la fe ciega en los instrumentos experimentales, microscopio y telescopio herramientas no infalibles / ojo humano fácilmente impresionable / interpretación partidaria decisiva en la conclusión final; y me parece no poco significativo el ninguneo histórico de una mujer científico cuando uno de los fundadores de la Royal Society fue -y así pasó a la leyenda como renombrado alquimista, véase Elias Ashmole- influido por sectas místicas, mágicas, gnósticas y rosacrucescas. Yo diría que Margaret Cavendish no fue aceptada por los círculos científicos de la Inglaterra del siglo XVII porque no podía ser debatida, porque no pudo ser convertida en mero instrumento a las órdenes y bajo los deseos de un poder que nada tiene de científico, que más bien es sctario, antojadizo y profundamente exaltado ('entusiasta', se dirá más tarde en el argot del elevado Swift).
¿Y a qué autoridad se remite quien esto firma?, se preguntán ustedes con razón. A la que me da el presente, digo yo.
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
* De Conversaciones, editado por Pre-Textos; leído en Ignoria y ampliado en Aula de Filosofía, en Lounge y también en el Blog de Carlos Béjar.
** Cada partidario ve a sus contrarios como voluntades extraviadas en relatividades del pasado, en ideas que, al hilo de los hechos posteriores y al filo de la actualidad, han perdido por completo su vigencia y son obsoletas y nada -salvo supina ignorancia- aceptables. Nunca ha sido intención de este autor (yo) debatir aquí ni demostrar nada, entre otros motivos porque esta bitácora pretende ser completamente literaria y su fundamento rabiosamente subjetivo. Parto de la base empírica de que la realidad, a pesar de su aparente permanencia, es cambiante, y considero que la ciencia es toda aquella actividad humana cuyo objeto es esa realidad; por ello, creo que la ciencia debe adaptarse todos los días a una nueva realidad y nunca establecerse como conocimiento estático. Por eso creo más en la conciencia que en la memoria, y más en el movimiento imprevisible que en la solidez de lo inmutable. De hecho, pienso que todo lo inmutable es la mayor mentira.
Trescientos años después, Deleuze concluyó que sí; principalmente porque la Historia de la Filosofía se convierte -con habitual insistencia- en un obstáculo insalvable para la libertad de pensamiento:
La historia
de la filosofía ejerce, en el seno de la filosofía, una
evidente función represiva, es el Edipo propiamente filosófico: «No osarás hablar en tu propio nombre hasta que no hayas leído esto y aquello, y esto sobre aquello y aquello sobre esto.»*
Algún Chesterton diría "¡Claro! El Deleuze (como otro Engels, otro Nietzsche, otro Foucault, otro Brunge), hablando mal de las teorías ajenas pero imponiéndonos la propia"; pero en este blog no hay cabida -intolerantes somos- para asegurar nada que remita a entes abstractos de improbable existencia -y aún más que improbable autoridad-, y nos hemos creído lo que dijo Deleuze**. Y hemos pensado que Margaret Cavendish (que se apellidaba Lucas antes de casarse con aquel tan tolerante hombre; calzonazos diría el falócrata), así debió entenderlo trescientos años antes, pues no sólo dijo que prefería ser atea antes que supersticiosa, sino que lo demostró experimentalmente, es decir consigo misma.
Sin embargo, el barón de Holbach no la cita en su Sistema de la Naturaleza, que trató de establecer las coordenadas del Materialismo durante el siglo XVIII; y tampoco durante el XIX la menciona el compilador F. A. Lange, en su muy extensa obra, ni aparece Margaret en la más reciente de Pascal Charbonnat (Historia de las filosofías materialistas, traducida al español por Mayra Victoria Gongora Ricardo... ¡una mujer!), quien sin embargo sí que habla del químico Cavendish, que fue, de nuestra autora, el cuñado llamado Henry. Parece que todos la ignoran, y hasta la propia Virginia Woolf da la impresión de querer mantener la distancia respecto a ella pero yo, al verla salir de su habitación con el vestido en llamas, o llamando a gritos a John su amanuense para que le escriba eso que ella, por escasa maña caligráfica, no puede escribir sin perder el ritmo de su bulliciosa cabeza en ebullición, yo quisiera aquí y ahora establecer un compromiso y ser estigmatizado con las alas de sus hombres-pájaro, las aletas de sus hombres-pez, la perfecta sintonía de sus incontables átomos que, puestos a ser libres, disfrutan de la libertad y no sienten ningún pudor en manifestarlo. Sin embargo me pregunto: ¿qué hubiera sido de Margaret si no hubiera encontrado cuna en la aristocracia?
Así, quizás, al cerrar la olla con las judías verdes y dos patatas cortadas en cinco trozos, hubiera imaginado el mecanismo de la vida; de la orgánica, claro, pero también -y con más razón- de la inerte, de la piedra que late bajo la mano y presiona hacia el núcleo del planeta, concluyendo en el último verso que el verdadero arrebato es hacia la tierra. Ella está tan convencida -tal seguridad en sí misma es con toda probabilidad el evidente síntoma de locura que más espanta a sus retractores- de que nada va a ocurrir desde cualquier aquí o ahora hasta que sus átomos y moléculas y los genes proteínicos que aún desconoce y la componen -y que ella gustosamente compone en y para este mundo descompuesto-, nada ocurrirá, digo, que la convenza de que no es así, sino de otra manera, como funciona la realidad. Porque ya sabe que las voluntades son oposiciones, las más de las veces infructuosas, casi insensatas, que se empeñan en desviar el movimiento de partículas inconmensurables en el vacío, sujetarlas con estúpido ánimo, degradarlas a la continuidad, a perpetuar el impulso, la inercia; a eternizar la (re)presión. Y si no hubiera posibilidad de lograrlo, si no fuera posible que bajo la inconmensurable masa del universo la pequeña voluntad del ser humano suspire... Margaret debatió a Gassendi contra su mecanicismo determinista (sin hacer uso de prejuicios religiosos, detectando incluso cierto idealismo en aquel materialismo casi finalista), y probablemente estuviera de acuerdo con las innovaciones que presentaron Hobbes y Descartes, pero no admitiera el monismo del uno ni lo dual de cuerpo y alma que afirmó el otro; probablemente Margaret habría llegado a concebir una explosión de diversidad, pluralismo y multiplicaciones hasta el infinito (o ad infinitum, si me permites, Magde, la pedante licencia); probablemente.
Pero hay una cuestión abierta: ¿cómo hacemos compatible la ciencia con la intuición poética?, ¿no abriríamos de este modo una vía para el contagio de los ideales?, ¿defenderíamos cualquier intuición que se dé, o es que sólo las circunstancias y su condición de mujer combativa otorgan a la autora de los Atomic Poems un grado de confianza por nuestra parte? Sigo viendo un antecedente al Principio de Incertidumbre de Heisenberg en esa crítica que lanza Cavendish contra la fe ciega en los instrumentos experimentales, microscopio y telescopio herramientas no infalibles / ojo humano fácilmente impresionable / interpretación partidaria decisiva en la conclusión final; y me parece no poco significativo el ninguneo histórico de una mujer científico cuando uno de los fundadores de la Royal Society fue -y así pasó a la leyenda como renombrado alquimista, véase Elias Ashmole- influido por sectas místicas, mágicas, gnósticas y rosacrucescas. Yo diría que Margaret Cavendish no fue aceptada por los círculos científicos de la Inglaterra del siglo XVII porque no podía ser debatida, porque no pudo ser convertida en mero instrumento a las órdenes y bajo los deseos de un poder que nada tiene de científico, que más bien es sctario, antojadizo y profundamente exaltado ('entusiasta', se dirá más tarde en el argot del elevado Swift).
¿Y a qué autoridad se remite quien esto firma?, se preguntán ustedes con razón. A la que me da el presente, digo yo.
No culmina avance científico en los albores del Tercer Milenio
Todo parece dislate tecnológico
Bajo la arrogante supervisión religiosa
Que es, precisamente,
La perenne enemiga de la verdadera ciencia
-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
* De Conversaciones, editado por Pre-Textos; leído en Ignoria y ampliado en Aula de Filosofía, en Lounge y también en el Blog de Carlos Béjar.
** Cada partidario ve a sus contrarios como voluntades extraviadas en relatividades del pasado, en ideas que, al hilo de los hechos posteriores y al filo de la actualidad, han perdido por completo su vigencia y son obsoletas y nada -salvo supina ignorancia- aceptables. Nunca ha sido intención de este autor (yo) debatir aquí ni demostrar nada, entre otros motivos porque esta bitácora pretende ser completamente literaria y su fundamento rabiosamente subjetivo. Parto de la base empírica de que la realidad, a pesar de su aparente permanencia, es cambiante, y considero que la ciencia es toda aquella actividad humana cuyo objeto es esa realidad; por ello, creo que la ciencia debe adaptarse todos los días a una nueva realidad y nunca establecerse como conocimiento estático. Por eso creo más en la conciencia que en la memoria, y más en el movimiento imprevisible que en la solidez de lo inmutable. De hecho, pienso que todo lo inmutable es la mayor mentira.

