Más vale de risa que de lágrimas escribir,
porque reír es lo propio del hombre.

François Rabelais (ca. 1494-1553)
"A los lectores", introducción a
La muy horrífica vida del gran Gargantúa, padre de Pantagruel
trad. Gabriel Hormaechea
Acantilado, 2011





Mientras mi corazón esté lleno de amor
y la cabeza del prójimo llena de tontería,
no ha de faltarme tema para escribir.

Heinrich Heine (1797-1856)
El tambor Legrand
trad. José J. Herrero
Porrúa, 1984



Mudanza



Este mensaje es para comunicaros que
he decidido tomar la pastilla roja
y me salgo del mátrix
(esto es, el lado oscuro:
facebook, yahoo y google).
 
Desde ahora estaré en n-1
https://n-1.cc/profile/eugnav
... cuando funcione
 
con el correo
servusservorum@nodo50.org
 
y bajo el dominio
http://engutierrez.com 
donde iré colgando todas las entradas que componen
esta bitácora
(con su fecha original)
y las que vayan surgiendo desde ahora 

por otro lado -algo menos oscuro-
sigo en twitter
https://twitter.com/eugnav
al menos de momento...
 
Ha sido un verdadero placer;
espero seguir contando con vosotrxs
 
¡besitos y abrazotes!

Hay libros que son como... (III)


una ventana

que

cuando la abres entra luz

cuando la cierras
la sala queda en penumbra


pero ojo(sss)...

hay compras con tarjeta o vía web
que pueden espiarte mientras te asomas
y
lectores de libros electrónicos que son

ventanas

por donde el Imperio sabrá lo que lees

El fideicomiso ha muerto


De la profunda náusea que produce la comercialización del arte, de los sentimientos o de los más íntimos deseos, extraje la convicción de que nunca mi obra fuera secuestrada bajo la forma de propiedad privada. Naturalmente, hubo un tiempo en que pensé que miles de sanguinarios desaprensivos aprovechados esperaban el momento en que un texto mío se pusiera a su alcance para copiarlo, firmarlo, distribuirlo como propio y ganar la gloria eterna a mi costa; por supuesto, esta idea ha sido borrada de mi mente, no tanto por irracional como por vergonzosamente presuntuosa. Pero en el fondo de mi convicción no se encuentra el haber descubierto la inconsistencia de semejante insensata pesadilla juvenil: más bien otro impulso surgido del cerebro reptil me llevó a sostener lo contrario (tampoco la impudicia ni el morbo ante la exposición pública del alma desnuda o el cuerpo inerme, me poseyeron): el asco por la mercantilización del arte, de los sentimientos o de los más íntimos deseos. Eso era.

Por eso la mayor libertad que encontré en la web fue la de publicar mis textos. Después de años de acumular apuntes infinitos perpetuamente inacabados, ante mí se ofreció la posibilidad de dejar un breve comentario, una frase o un mero esbozo de pensamiento, en un pequeño recuadro donde ya, sin mayor cuidado, podía ser arrancado de mí, sacrificado a la existencia incógnita, lanzado al vacío del (ciber)espacio donde es el mensaje sin destinatarix que hubiera soñado siempre ocultar en cada línea de una novela, o del sistema filosófico a cimentar en cientos de cuadernos manuscritos. Esto significó para mí una verdadera revolución, quizás la mayor que soñé; y prefiero pensar que la más grande en la que yo pueda aportar mi grano o el resentido hombro. Enteras semillas de una literatura que algún día podría ser, han sido enterradas en las livianas páginas de esta bitácora, y tal vez con el tiempo echen su raíz, pues las riego con manifiesta sinceridad: lo único que importa es que ya no están aquí dentro, molestándome la respiración, revolviendo la conciencia que preciso tan necesaria para otras cosas.

Ahora puedo, sin embargo, saber que no es una cuestión de expresarme libremente (de ser publicado -diría- con la facilidad que sólo exige mi propia voluntad de dar al comando programado al efecto); de la misma manera que la vanidad del joven escritor fumador y petulante ha sido sustituida en este escritorio por la condescendencia del irónico vehemente e insatisfecho escribano, la creencia en que recibir una compensación económica de la gente a quienes debo la inspiración, es una práctica deshonesta, se ha convertido en la certeza de que el arte, la literatura, el pensamiento, la ciencia y todos aquellos productos del lenguaje que al contacto con la realidad construyen esa maravilla de ilusión fascinante que por no saber su nombre llamamos realidad, historia, progreso, humanidad o mundo...; certeza de que este innombrable fruto de nuestra vida en común no necesita más presentaciones, su propia definición lo evidencia: "fruto de nuestra vida en común". Ergo, detrás de nuestra intención exhibicionista hay un connatural rechazo a la propiedad privada.

Hace unas semanas, obnubilado por una patológica falta de tiempo que dedicar a este lugar, a mis lecturas, a los proyectos...; ausencia debida a la dedicación a otras actividades más públicas por cuanto inmediatas, colectivas, inminentes; en definitiva, asfixiado por tantos compromisos con lo innombrable, me vi sin huecos que dedicar a "lo mío" y despotriqué en un Arrebato que luego no llegué a publicar -ni publicaré-, pues decía: "Nada debería ser gratuito, pues sólo apreciamos lo que recibimos a través de la medida de lo que nos cuesta." Y no reniego de la afirmación, pues verdaderamente creo que somos -como animales domesticados por el dinero- incapaces de valorar lo que no tiene precio (y tendremos dificultad para agradecer al saltimbanqui la magnífica exhibición callejera, mientras buscaremos la manera de justificar el billete de entrada abonado para ver a un célebre impostado sin ningún talento). Pero también sé, y por eso no he dudado ni un momento en arrojar la sentencia al fuego, que basta una palabra para hacernos despertar del sueño egoísta y posarnos suavemente en la certidumbre: antes de ser animales domesticados, fuimos y seremos rebaño solidario.

Leyendo esta tarde Sociofobia de César Rendueles, entro en un párrafo (bajando por la pendiente que ha inspirado el título presente, donde el autor nos cuenta -a instancias de David Noble [en El diseño de Estados Unidos]- que el noventa por ciento de las patentes químicas pertenecía a Alemania antes de la Gran Guerra, para pasar a manos estadounidenses tras el conflicto, para ser gestionadas por fideicomiso por manos privadas y en beneficio de la patria, las barras, las estrellas..) en el cual entiendo que la actual guerra por la propiedad intelectual es una batalla crucial por el control de futuros medios de producción que han de ser decisivos en la etapa de la lucha de clases -del Trabajo contra el Capital- que libramos tan encarnizadamente. ¿Era éste el sentido -hasta ahora oculto- que tenía mi visceral empeño en defenderme (como autor) de los Derechos de Autor? La irracionalidad de las mayores obviedades es una gran evidencia para quienes tantas veces nos enfrentamos al abismo de las contradicciones existenciales (diríase que los máximos defensores del bien común no cesan nunca de argumentar contra las afirmaciones del sentido común). Ahora que el Estado está irremisiblemente separado de nosotrxs el común, Prometeo de nuevo arriesga el hígado por liberar el conocimiento, por liberar al pueblo/la masa/los mortales de la pesada cadena de la ignorancia. El contrato de fideicomiso que firmamos con los poderes públicos para la gestión del enorme capital cultural que nos ha sido legado en herencia, ha expirado.

Lecciones de (la) Historia: una hipótesis


La Gran Crisis de principios del siglo XXI
no tuvo como consecuencia
un recorte de libertades y derechos:

fueron los recortes de libertades y derechos
impuestos previamente,
como medidas antiterroristas y apelando a nuestra seguridad,
los que provocaron
la Gran Crisis de principios del siglo XXI.

La doctrina del shock / Naomi Klein


Dentro de las posibles utilidades de la literatura entendida como técnica de creación de un discurso coherente, válido tanto para la ficción poética como para la descripción científica de los fenómenos astrofísicos, hay una que fácilmente nos pasa por alto cuando estamos inmersos en ella, pasivamente o de forma activa: la interpretación de los hechos -de motivaciones y consecuencias, de sus causas y efectos- como construcción a posteriori de la realidad. Todo cuanto conocemos de mundos antiguos nos ha llegado a través de la literatura, y sólo filtrados a través de ella concedemos estatus de verdad a los objetos ruinosos, a la herencia material que ha sobrevivido (podríamos decir que cuando la arqueología contradice al mito, avanzamos científicamente; pero el ejemplo más sencillo sobre este embrollo literario que nos atrapa es Troya: su epopeya y la supeditación de unos vestigios geográficos a una leyenda). De esta manera, es probable que la cadena de acontecimientos que llamamos siglo XX sea conocida en el futuro gracias a aquellos textos que leguen a nuestra descendencia una interpretación precisa, un discurso coherente, unos textos que enlacen con otros y formen retícula lo más cohesionada posible; eso, o la maraña de aquéllos que en masa inunden la posteridad con sus ficciones. De ahí proviene la inquietud -la rabia- que nos causa que esas mentiras que ciertos sectores de nuestra falsa intelectualidad se empeñan en escribir y escribir en libros sólidamente encuadernados sobre papel sin acidez y tinta onerosa, superen el paso del tiempo y eleven su ignominia a categoría de verdad histórica, legendaria, cuasirreligiosa. Nos preguntábamos si a alguien siguen engañando los voceros de la farsa oficialista, y la pregunta era aún más sencilla: a poco que engañen hoy en día, ¿no es su interés la creación de una gran mentira cósmica que supere el paso del tiempo y se instale en los discursos futuros? Porque son inasibles las supersticiones que han ocupado las mentes más lúcidas de la humanidad por el simple hecho de haber navegado en el tiempo, haberse salvado sus naufragios; e innumerables son, y siguen siendo. Por eso es importante que la memoria no se duerma, que sea capaz de renovar su contenido: éste no se elabora sino con posterioridad a los datos almacenados: es tan importante que no olvidemos como que seamos capaces de reciclar los recuerdos.










He de repente que un día me entero de que la terrible Alianza Imperial que derrotó al Oso Soviético tuvo por nombre Neoliberalismo y cierto apellido: Conductista (tal es el eje de la exposición de Naomi Klein, páginas 434-438 de la versión más abajo señalada). Al recordar de nuevo las funestas imágenes de Abu Ghraib, uno vuelve a preguntarse, igual que la primera vez que las vio, hasta qué extremo de sadismo está el ser humano dispuesto a llegar con tal de satisfacer los instintos más bajos y salvajes que puede cobijar; pero gracias a un posterior hilado de los hechos, a una remodelación de la memoria, dejamos de ser una de esas personas que no comprendía que hubiera que llegar hasta esos extremos para conseguir... qué. ¿Satisfacer una perversión? ¿Presumir de impavidez? ¿Hacerse el machote? ¿Enviar un souvenir a casa para el hijo que al partir sobre nuestra bota de soldado escribió con letra infantil “Papá, dale una patada en el culo a Sadam”? Lo lógico era pensar que las torturas y humillaciones a las que se sometía a los prisioneros de guerra iraquíes venían motivadas por el contexto de los acontecimientos, es decir para obtener información sobre arsenales, datos, documentos, conspiraciones... esas amenazas que comporta el clima beligerante, cualquier elemento que pueda desequilibrar la batalla hacia uno solo de los bandos. Pero no era eso, aunque aquello sucedía tras una invasión como la de Iraq hace diez años, a cargo del todopoderoso Ejército de Estados Unidos: una guerra relámpago, fugaz, perfectamente calculada, técnicamente perfecta; una invasión donde metodológicamente se preparó durante las semanas anteriores, mediante propaganda sin parangón, a la opinión pública propia para convencerla, no tanto de los objetivos de la intervención como de la limpieza del procedimiento, de la inusual eficacia del mismo; y se preparó al gobierno enemigo para reducir al máximo su respuesta, y se atemorizó a la población víctima para que su oposición fuera nula; todo a través del bombardeo -previo a los bombardeos- de mensajes televisivos en los cuales se comparaban potenciales bélicos de los contendientes o se mostraba la supuesta superioridad cultural del pretendiente. Entonces, ¿cómo explicar la tortura, aquellos abusos, aquella flagrante violación de unos mínimos derechos humanos? ¿Es que los presos eran verdaderos terroristas, verdaderos demonios salidos del abismo para someter a los verdaderos inocentes occidentales a auténticos suplicios infernales?, ¿era esa la única manera de exorcizar sus cuerpos, de purificarlos? No era comprensible este sadismo en el marco de una guerra de diseño, autoproclamada relámpago, cuya ofensiva duró mucho menos que lo que tardó Hitler en anexionarse media Europa. O tal vez sí encajan sadismo, tortura y humillación como un guante; sí, porque forman parte del plan. Usar la violencia para mantener a la población asustada no es estrategia nueva -aún ondean las melenas sanguinolentas de cabezas cortadas sobre postes en encrucijadas de caminos en la premodernidad-; pero ahora vivimos en la mejor civilización posible, y a esto se le llama terapia de choque. Lo malo es que no resulta inteligente creer que sea posible aplicar con éxito fórmulas conductistas a seres humanos, no funcionan; muy a pesar de que provengan de la misma matriz que esas otras técnicas que modifican la voluntad de la población para hacerla acudir en masa a los centros comerciales a comprar lo que les pongan ante las narices: estanterías color rojo y luz oblicua (era que no: la gente compra lo que puede... y odia los centros comerciales). Estas técnicas no sirven para gobernar una sociedad, pero la confusión entre mercado y sociedad es uno de los problemas más graves de que adolecen las doctrinas mercantilistas, contradicciones científicas a parte.


Milton Friedman se preguntaba ¿quién paga esto? cuando el Estado gastaba, sin preocuparse de saber de dónde sale el dinero cuando el capitalista lo gana, detalle que solucionó con una ecuación bien simple: la economía funciona por arte de magia: es sistema natural, pre-humano, perfecto; sólo hay que dejarlo fluir. Y las leyes de este sistema -una vez que nos hemos convencido de que es el mejor de los posibles... el genuino de la creación, el que Dios manda- poseen la cualidad de la fácil comprensión (el sentido común: aplicado a la Educación: En lugar de determinar centralmente los programas educativos, el economista permitiría la plena libertad en cuanto a los contenidos de los mismos, promoviendo una mayor diversidad en la oferta, con la consiguiente mejor adecuación a las necesidades de los individuos. Al mismo tiempo, reemplazaría los subsidios otorgados a la oferta para dirigirlos hacia la demanda. De esta manera, aumentaría la competencia entre las instituciones educativas al tener que disputarse los “vouchers” otorgados por el gobierno a los individuos para que estos elijan libremente dónde estudiar); de donde se deduce que proliferarán centros de estudios privilegiados por las grandes corporaciones financieras, mientras los simples pedagogos y sus pobres proyectos constructivistas tendrán que buscar trabajo como teleoperadores. Pero no es suficiente -ni necesaria- esta opinión nuestra harto "política". Los pilares de su estrategia, de su praxis, no funcionan -nada funciona "porque-sí", y menos aún cuando ese sí representa la fuerza bruta del poder omnímodo-; y de la misma manera que siempre quedará una mínima intervención pública que les justifique los fracasos, existen medios de convicción para la gente tozuda -que no cree sino en lo que ve- como son el lavado de cerebro y demás experimentos de persuasión directa marca Kubark. Por el mismo principio según el cual los militares chilenos creían estar combatiendo al mayor enemigo de su civilización -esto es: el comunismo-, los ejecutivos de transnacionales que operaron en Irak creían estar levantando un templo a la gran verdad económica que llevaría el maná de la riqueza infinita a todos aquellos seres humanos dignos de disfrutarla. Y nos queda siempre el margen de la duda, que mi acervo personalísimo suele identificar con aquella Rosa María Sardá esposa de un alto cargo del primer felipismo -personaje de la película El efecto mariposa de Fernando Colomo-, quien una vez huida a Londres tras publicarse la acusación de corrupción contra su marido, confiesa que cuando empezaron a entrar tantos millones de pesetas en casa, ella pensó que toda España se estaba haciendo rica, obra y gracia del excelso Cambio Sociata. Pero claro, con el Neoliberalismo no nos adviene el Edén -ahí donde todo excedente era racionalmente consumido- porque están los Enemigos de la Libertad acechando como sombras de la ignorancia prehistórica: keynessianos en la metrópoli, socialdemócratas sobre la periferia privilegiada, desarrollistas en América Latina y otras partes del resto del planeta. Y si esta trinidad de intenciones tóxicas preocupaba a los impulsores de la Escuela de Chicago, qué decir hoy en día en que al mismísimo Friedman le ven tornarse en acérrimo socialista, por no haber previsto la liberalización de la moneda, por ejemplo, o la privatización de los Ejércitos, detentadores del monopolio de la violencia que transferida a manos privadas (aquí parece completarse el ciclo de transformación de los señores feudales del medievo en los nuevos oligarcas del mundo globalizado, tras su paso por el falso disfraz de exitosos burgueses) hace de este mundo un lugar más seguro. El fanatismo anticomunista se antoja menos dañino para la clase trabajadora que el de los autodenominados "neocons", pues éstos siguen un dogma que se cree científicamente infalible, y no parecen capaces de comprender que los fracasos de su doctrina se puedan deber a errores propios: como se acaba de señalar -y no sobra insistir en ello-, cuando al neoliberal le falla un cálculo, automáticamente la culpa se debe a una intervención estatal (curiosamente, las ayudas y rescates del Estado al sector privado no se entienden como intervención sino como una especie de inversión, naturalmente a fondo perdido pues ya recuperará la sociedad el montante cuando el Libre Mercado dé sus espléndidos frutos y aporte la caridad, su misericordia y su limosna a los no-capacitados para el éxito empresarial). Sin embargo, no se entiende cómo se puede considerar a la subvención un intervencionismo intruso y desestabilizador sobre los mecanismos naturales de la economía, mientras la tortura y el asesinato sistemáticos se antojan simples daños colaterales; tal vez sea ésta la principal incoherencia de estos señores, que viene por sí sola a demostrar que la Economía de Libre Mercado es un artificio humano a disposición de una oligarquía inculta cuya única eficacia probada se debe a la adaptabilidad violenta de la realidad perturbada por su azaroso capricho. Ejemplo: Chile, los Chicago Boys y El ladrillo: injerencia académica de un país más fuerte sobre la económica política de otro mediante el adoctrinamiento de universitarios en excelencia; resultado: Pinochet: fascismo personalista.

“El 11 de septiembre de 1973 fue mucho más que el violento final de la pacífica revolución socialista de Allende; fue el principio de lo que The Economist calificaría más tarde de «contrarrevolución», la primera victoria concreta en la campaña de la Escuela de Chicago por recuperar las ganancias que se habían conseguido con el desarrollismo y el keynesianismo.” (página 112)













Naomi Klein aporta datos suficientes que demuestran que la imposición del Libre Mercado, lejos de ser una tentativa de justo reciclaje del capitalismo o una tendencia natural de la economía hacia la mayor eficacia, ha sido llevada a cabo en el mundo entero mediante la coacción, la violencia, la conspiración, el juego sucio, el crimen organizado, la tortura sistemática: el asesinato impune de miles de personas y la reducción a la miseria a millones de desfavorecidos para quienes no hubo un juicio económico 
equitativo sino una arbitraria condena política. Y que la tan invocada "libertad" de los partidarios mercantilistas sólo es posible para una minoría privilegiada (cuyas facultades no se derivan de méritos ni capacidades, sino del oportunismo, la falta de escrúpulos y ciertas posiciones hereditarias), mediante la explotación salvaje y reducción a esclavitud de la práctica totalidad del resto de seres humanos. Quizás por eso Estados Unidos y sus aliados han tratado por todos los medios de romper cualquier relación entre la doctrina económica neoliberal y las dictaduras del Cono Sur, hasta el punto de que el propio Friedman, obligado a entrevistarse con Pinochet para convencerlo de las bonanzas del libre mercado cuando el tosco general duda de la teoría verdadera, haya negado posteriormente cualquier relación con Chile; esto hasta el extremo de que el que fuera embajador de Allende en Estados Unidos, Letelier, muriera asesinado tras denunciar públicamente la relación ideológica que existía entre el golpe de estado del 11 de septiembre y la Escuela de Chicago. Considera Klein que al centrarse los juicios contra las dictaduras del Cono Sur en agresiones a los derechos humanos y denuncia de las desapariciones de opositores al régimen, se ha desvanecido la responsabilidad de quienes alentaron aquellos crímenes para imponer a la fuerza un sistema económico que, además, no funcionó: precisamente fue el mantenimiento del control estatal sobre las minas de cobre lo que posibilitó al dictador Pinochet mantenerse en el cargo durante tanto tiempo. Pero esto es sólo un botón, y la luz que vierte Klein sobre los principales acontecimientos geopolíticos del último tercio del siglo XX nos alumbra para entender ahora que la denostada Revolución del 68, los magnicidios planificados desde el poder corporativista (Kennedy y Marilyn, Luther King, John Lenon, Diana de Gales...) y el surgimiento irrevocable de la conciencia planetaria entre los pueblos, tienen una relación tan estrecha que de no devenir nuestra conciencia hacia el materialismo dialéctico, afirmaríamos que existe un destino preconcebido para el común de la humanidad. Pero como más arriba insinuamos, un discurso coherente a posteriori no significa el descubrimiento de una causa universal; sólo se trata de interpretar los hechos.


El Neoliberalismo no ha calculado sus cuentas con limpieza, sólo las maquilló; y ya comienzan a notarse sus arrugas. Hace poco que el Consorcio que controla la actuación del Gobierno de Estados Unidos (que desde Iraq en 2002 había decidido intervenir sin mayores ataduras que las de sus propios límites corporativos, relegando las figuras de FMI y Banco Mundial a -lo que fueron desde su creación- simples burócratas desfasados) se ha quedado solo respecto a la invasión de Siria, va a aceptar con reticencias un acuerdo con Irán y deja parte del pastel armamentístico egipcio a Rusia. La nefasta gestión del Nuevo Iraq ha demostrado que la aplicación fiel de esta doctrina simplista y bravucona llamada Neoliberalismo conduce al desastre, al mayor de los desastres; por eso insiste en reciclarse sobre este mismo campo, su entorno natural: el del desastre: empresas contratistas de la Seguridad Nacional y de la Gestión de los Desastres tras el 11 de septiembre, el Katrina y el tsunami indonesio, hace poco las inundaciones en Filipinas (en cuya campaña de recogida de fondos de ayuda, probablemente, aún estemos a tiempo de colaborar con sólo responder SÍ a un sms...). ¡El negocio del siglo! Corporativismo y estrategia del desastre; consorcio de intervención rápida para privatizar suministro, reconstrucción y servicios en caso de desastre natural, bélico, epidemias. ¿Fue la alarma por la gripe aviar una estrategia para la venta de excedentes, o directamente una excusa para que se llevara a cabo esta onerosa compra cuando España estaba a punto de entrar en grave recesión?



No entraremos en el juego de imaginar que el secuestro de las investigaciones de Nicolai Tesla por el Imperio o el control de los fenómenos meteorológicos que persiguen los proyectos HAARP y SURA son las renovadas estrategias capitalistas que sustituyen a la Doctrina del Shock en el empuje de dominación de nuestros cuerpos y almas; aunque no descartamos que esos absurdos neocons que estamos sufriendo vuelvan a dejar escapar la comprensión tras la lección de sus errores, y se empeñen en reincidir. Ahora sabemos que las poblaciones de un mundo globalizado no se pueden someter durante mucho tiempo a un estado de guerra, o de violencia, o de caos, o de regresión animal; y también sabemos que los focos de resistencia que desde hace veinte años se han ido creando en todo el planeta no pueden ser eliminados, ni siquiera silenciados, invocando a la muerte o a la sinrazón. Porque no se trata tanto de poner velitas a los derechos humanos profanados (no nos apoyamos sobre entelequias), ni citar la voluntad de los pueblos como volátil autoridad soberana; se trata de una evidencia material, científica: los mercados y la oferta y la demanda forman parte de la economía, son uno de sus elementos y, como tales, tienen propiedades particulares, parciales, que no pueden someter al resto de componentes, a la totalidad; nunca por propia naturaleza, mucho menos en un mundo tan plural y complejo como el nuestro.


El optimismo es muchas veces una ceguera, pero cuando día a día debe combatir contra apariencias apocalípticas y desesperanzados datos, se convierte en la fortaleza inexpugnable del conocimiento. Hoy tengo un ejemplo más claro que me refuerza: a propósito de la reciente unanimidad planetaria por las exequias de un comunista negro -que me ha alterado de tensa indignación durante la última semana-, Santiago Alba Rico se pregunta ¿Por qué todos hablan bien de Mandela?; y se responde: "Es bueno que las instituciones del capitalismo sean hipócritas; es bueno que un Mandela de ficción -con millones de personas detrás- los obligue a ser hipócritas. Ni la derrota del apartheid ni el establecimiento de un antirracismo abstracto -que no deben impedirnos seguir luchando contra el racismo concreto- son victorias pequeñas.". Yo necesitaba esta respuesta; ahora, me parece evidente. La frialdad de la razón protege nuestra conciencia, y sólo nos haremos sensibles para rendir obligado homenaje a todas las víctimas de todos los totalitarismos del siglo XX.






Documental 'La doctrina del shock',
estrenado en febrero de 2009
en el Berlin International Film Festival.



La doctrina del shock / KLEIN, NAOMI

- la edición que leímos:
Booket, 2012.
978-84-08-00673-2


- la edición original en castellano
(trad. Isabel Fuentes García ... et al.):
Paidós, 2007.
978-84-493-2041-5